Uspallata y las certezas esporádicas

Estábamos en el cerro de los 7 colores, no, no el de Purmamarca, el de Uspallata. Habíamos hecho un caminito de ripio de unos pocos kilómetros para llegar. Nos imaginábamos el cerro mas colorido de la tierra, el más fotografiable de todos. Y ahí estaba; era una montaña chiquita muy parecida a tantas otras que había visto en el camino mientras me imaginaba que si ninguna de todas esas era “el cerro de 7 colores” entonces lo que venía tenía que ser mejor.  Me equivoqué, el cerro de los siete colores es tan (o menos) magnánimo que todas las montañas que habíamos visto en el camino. Pensé, cuando vas a dejar de creerte el verso de “los mejores lugares para visitar en tal lado”.

Y pensé también, todos necesitamos esos lugares a los que ir.  Ese es nuestro salvavidas. Porque seguro, que si alguien te dice: “tenés que ir ahí porque llegar ahí vale la pena” “porque el camino es hermoso” entonces no vas, la verdad que “ir hasta allá solo por el camino no vale la pena” no resulta tan atractivo. Pero si te dicen que ahí está el “cerro de los 7 colores” entonces vas, porque seguro que es fantástico. Necesitamos algo, algo de que agarrarnos, siempre. Un lugar que visitar, un objetivo que cumplir, la meta en la vida.

Y mientras pensaba en todas esas cosas por el costado del camino pasó un caballo. Un caballo lastimado, lastimado no, destruido. Le faltaba la oreja izquierda, se la habían arrancado. Sangraba a chorros, no exagero. Lo vimos perderse en el camino mientras bajábamos del cerro. Subimos a la camioneta. A pocos kilómetros lo volvimos a cruzar. Caminaba lento, sangraba muchísimo. Mariano no lo soportó mas. Paró el auto, le cargué agua y él se la acercó para darle de tomar. Era manso, no parecía un caballo salvaje.

Mientras transitábamos en la camioneta en punto muerto a su paso pensábamos en a donde íbamos a llevarlo para curarlo, con quien teníamos que comunicarnos y como íbamos a hacer para abrirle el paso a través de la calle principal del pueblo. En un momento volvimos a parar. –¿tenés una zanahoria?- me pregunta Mariano. –“Si queda una”-. “Dámela, a los caballos les encantan las zanahorias”. Se la doy, se la acerca, el caballo come un pedazo y la deja.

 Ni bien entramos al pueblo tuvimos todas las intenciones guiarlo, creyendo que todo ese tiempo el nos venía siguiendo. En un momento giró, sin prestar atención a nuestros llamados para que retomara el camino. Decidimos seguirlo. Por primera vez Mariano intuyó que el animal sabía exactamente a donde iba. Avanzó unos 200 metros y entró sin dudar a un lugar privado con un cartel en la puerta que decía “cabalgatas”.

Mariano detuvo la camioneta y entró al predio. Enseguida salió una mujer. “Lo agarró el León” dijo. – ¿Qué?- le preguntó Mariano pensando que León era el nombre de algún perro mal llevado. –“Un puma”, vimos las pisadas en día anterior cuando fuimos al campo. Éstos caballos los usamos para cabalgatas y los tenemos allí.” Mariano se subió a la camioneta y nos fuimos. Le dejó la zanahoria que no había querido comer, convencido de que las zanahorias son las favoritas de los caballos.

El caballo supo siempre el camino, desde el primer momento. El sabía exactamente a donde ir, sin importar el dolor que me dolía más a mí cada vez que veía la sangre brotar por donde antes había estado su oreja. El había sentido la mirada del puma azotándolo, lo había sentido hincarle sus dientes en su carne. Y había sobrevivido. Y había vuelto al lugar al que tenía que volver,  a paso lento.

Quizás nosotros somos un poco como el caballo. Quizás también, en el fondo, tenemos la certeza de hacia dónde vamos. Aunque sea despacio, aunque sea intuitivamente, aunque tengamos que atravesar el dolor pero decididos a que no podríamos ir hacia otro lado. Ese es el precioso momento de las certezas esporádicas.

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