Teoría del ser (o no ser)

¿Cuántas son las veces por día en las cuales verdaderamente recapacitamos sobre lo que somos? ¿Cuántos son los hábitos y mañas que nos caracterizan como seres? ¿De dónde es que salió todo lo que vemos? ¿A quién se lo debemos? ¿Lo debemos?

El graznar de los cuervos, el arrullo de las palomas, seiscientos sonidos de otras aves que no puedo ver ni conozco pero que se mantienen en sintonía como la orquesta natural de los días. Unas cuantas cabras que vengo cuidando hace dos semanas que no paran de balar y de gritarse cada vez que un bebé se pierde entre la vegetación. Se ayudan, se alertan.

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Sector de las cabras.

Una pareja de gansos que conviven con ellas terminan siendo como sus hijos o hijas cada vez que se ponen a gritar como condenados ya sea porque hay peligro o sólo por el alimento que les es traído.

La muerte que acecha como el verdadero orden natural que es sin aviso, de un segundo a otro. Amanecer sin tu madre, con sólo días de vida y el resto que te da la espalda. Si nadie hace nada morirá en unas horas seguramente, mientras se la ve perdida, con menos energía y sucia por haber dormido en una feroz noche de lluvia junto al cuerpo de quien la hizo vivir. Vaya uno a saber desde cuándo no está más, nadie nos avisó, sólo la encontramos ahí tirada.

Las montañas y los árboles que las visten, los insectos que las bañan y el calor que pide agua a gritos  de vez en cuando por el norte de Tailandia. Por acá todo es nuevo, todo es más grande e intenso que el lugar de donde vengo, todo arrasa.

Araña gigante Tailandesa.
Araña gigante Tailandesa.

Las hormigas tienen más poder del que solíamos conocer y se encuentran en infinitas variedades: las rojas, las negras, las chiquitas, las más grandes y las chiquitas chiquititas. Flujos y mareas de seres y energía que pueden con todo a su paso, lo necesiten o no; bastante parecido a lo que hacemos los seres humanos cuando parece que en vez de miles de millones de neuronas tenemos miles de millones de ovillos de lana; paréntesis para recordar al Príncipe Pena quien decía haciendo alusión al tema: “Caracolito, dijo mi vieja, tené cuidado allá en la estación, hay unos bichos para los cuales la construcción y la destrucción son iguales.”

Las lagartijas en vez de las cucarachas consumiendo todo bichito que se mueva en el techo de tu habitación. Las queremos, al menos yo las quiero. Los pastos que hacen ruido y te alertan la llegada o retirada de algún ser que probablemente cargue veneno, desde una cobra hasta alguna otra aún más mortal. El recibimiento de una serpiente voladora en la puerta cuarenta y cinco minutos después de haber llegado a la granja para llevar la paranoia al máximo.

Saltamontes gigante.
Saltamontes gigante.

El Tokay Gecko (Tuke), un lagarto de llamativos colores que los argentinos podríamos llegar a comparar con el famoso “Viejo de la bolsa” o “Viejo de los trapos”, ya que mucha gente le teme gracias a mitos y verdades también; este animal tiene la habilidad de meterse en la boca de la serpiente cuando ésta está muy llena y no pregunten cómo ni por qué, le come el hígado! Sí sí señora, así como lo escucha. Supuestamente es un modo de cooperación biótico. A partir de esto es que los padres asustan a los niños diciendo que si no se comportan como deben, el Tuke vendrá y les comerá el hígado. Según nos han contado los locales todavía hay gente adulta que le sigue temiendo.

Tuke
Tuke

Los escorpiones y ciempiés gigantes, los peces raros y las ardillas blancas. La lluvia de termitas reina que alimentan a casi todo y al mismo tiempo son el inicio de nuevas y grandes comunidades por llegar.

Los perros, fieles e independientes, sin miedos aunque no tengan ni un año de vida, atentos a ladrar ante quien se atreva a contaminar la paz del lugar.

El tiempo, el Dios, la luz, la sed, el agua que falta y que brota mientras nosotros respiramos inocentes bocanadas de aire compartido todavía sin saber dónde ni por qué.

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