Pasado, presente y futuro: Reflexiones de una viajera

Estaba mucho más allá, en ese mucho más allá ilocalizable a donde precisamente ponen proa los ojos de todas las mujeres del mundo cuando miran por una ventana y la convierten en punto de embarque, en andén,en alfombra mágica desde donde se hacen invisibles para fugarse. Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos.

Carmen Martín Gaite

Escribo esto mientras planeo mi próximo viaje. ¿Cómo empiezo a contarles mi historia?. Debería presentarme a mí misma, se me viene a la cabeza un tema de los Rolling Stones (please aloud me to introduce myself : “por favor permítanme presentarme”) y pienso ¿por qué siempre me resulta tan difícil definirme a mí misma?. Diría que soy algo curiosa, inquieta, amigable e inconformista, verborrágica e impulsiva. Creo que todavía me estoy conociendo, aunque ya pasé la etapa de crisis adolescente hace rato. Ah! y me gusta viajar, cómo no mencionarlo si es uno de los motivos por los cuales creo que estoy viva. Lo que pasa, y ésto lo cuento a modo de confidencia, es que es muy difícil explicar algunas cosas cuando uno viaja y nunca se cansa, cuando va y vuelve todo el tiempo. La idea de que no tenga la más mínima intención de echar raíces por ahora es un tema que a muchos les hace ruido.

No recuerdo cuando fue la primera vez que pensé en viajar por el mundo, seguramente era más pequeña de lo que creo. Dicen que los niños se conectan con lo más puro de su esencia antes de que empiecen a meterles ideas prefabricadas en la cabeza. Asi que supongamos que fue así, que siempre fui una viajera, aunque no jugara con mapas, ni haya leído a Robinson Crousoe, ni armara valijas con ropa pretendiendo que me estaba esperando un barco hacia el viejo continente. De lo que sí estoy segura es que ese anhelo fue creciendo hasta convertirse en un llamado profundo del alma.

Recuerdo la primera vez que decidí hacer un viaje largo y aclaro: la primera vez que lo decidí y no la primera vez que pensé en ello; pensarlo era algo que hacía desde ya muchos años. Ya había terminado los estudios universitarios y empezaba a hacer carrera en una organización de renombre. Tenía un futuro prometedor si me esforzaba y trabajaba duro para lograrlo. Un día, sentada en la oficina frente a la computadora me pregunté qué pasaría si un día sacaba un pasaje y me iba de viaje. Pensé -dejo el trabajo, el confort del hogar, los buenos momentos con familia y amigos y me voy, así nomás ME VOY-. Dudo que haya mucha gente que nunca en su vida lo haya pensado, pero puedo estar equivocada.

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Entrando en Ecuador, mientras viajaba con Maru y Martín en su Kombi Rutera

Muchas cosas pasaron desde ese momento. Recuerdo haber entrado en un estado de excesiva inseguridad. No era fácil dejar todo atrás aunque sea sólo por un tiempo para sumergirme en la aventura. El trabajo y el dinero solían ser mis principales preocupaciones. –¿Qué hago cuando vuelva?¿Cómo voy a subsistir durante el viaje si me quedo sin ahorros?-. Pensaba mucho en lo que pasaría después de un viaje que nunca había comenzado. Pasaba horas y horas dedicando mis energías a encontrar motivos que justificaran el aplazo de la decisión cada vez que la situación se plantaba frente a mí y me miraba con ojos desafiantes.

Pero un día las cosas cambiaron. Pasó casi sin que me diera cuenta. Estaba trabajando desde mi casa y antes de que pudiera hacer algo para impedirlo, compré un pasaje. Era un viaje sin ticket de vuelta y a dos meses de distancia de la fecha elegida. No había planificado absolutamente nada y no estaba segura de los pasos a seguir. Sonreí, había estado esperando ese momento durante mucho tiempo, esperando el instante en el que todo, absolutamente todo, se convertiría en incierto excepto el presente. También lloré, estaba sola, en silencio, no entendía bien lo que estaba ocurriendo, simplemente sabía que me iba y nada más.

No creo que mi familia y amigos se hayan sorprendido mucho, venían escuchando mis argumentos para irme de viaje y los argumentos para aplazarlo hacía tiempo. Creo que se sintieron aliviados y al mismo tiempo preocupados. Catorce de Abril de dos mil doce, esa fue la fecha en que me subí la mochila a la espalda y dejé el hogar. Iba a recorrer todo lo que fuera posible antes de que se acabara el mundo.

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Entrando en Colombia

Todo lo que vino después es una historia mágica, un cuento aparte. Viajar abrió caminos interminables hacia el descubrimiento y el aprendizaje. Conocí miles de lugares, de personas, de comidas, de costumbres, me descubrí a mí misma. Fui parte de todo y a la vez de nada, me desperté cada día sin saber en donde dormiría esa misma noche, aprendí muchísimas cosas, muchísimas más de las que creí que podría aprender. Sentí la encantadora sensación de dejarse llevar por lo que el camino me tenía previsto: una mezcla rara de voluntad y destino que es la que siento, guía nuestros pasos.

Recuerdo una situación puntual que quedará grabada en mi mente por siempre: hacía cuatro meses que estaba de viaje, había terminado de ver The Rafle, una película francesa que me dejó seca de lágrimas. Estaba sola en una habitación de cuatro camas alumbrada por la tenue luz del velador e invadida por el silencio en un pueblo de Ecuador. Me sentí por primera vez verdaderamente sola. Si algo sucedía nadie podría correr a mi auxilio, pero si me asomaba por la ventana tenía al mundo allá afuera. Era libre de tomar el rumbo que yo quisiera, de elegir en donde dormiría el día siguiente,podía irme al próximo pueblo, a la India, a la China o volver a casa. Tomé mi cuaderno y escribí: “¿Que será de esta soledad mañana?. Nunca tan perdida y tan poderosa al mismo tiempo”. Nunca seré capaz de transmitir esa sensación que jamás había experimentado antes en mi vida. ¿Cómo explicarlo?¿Cómo describir al fuego interno?

Ese viaje terminó después de ocho meses. Cuáles son los motivos que impulsaron mi vuelta, en ese momento no podía explicarlos, cuando uno se guía con el corazón los intentos por lograr explicaciones racionales son obsoletos. Aunque tomando alguna distancia pude elaborar alguna que otra hipótesis.

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En la base del volcán Cotopaxi, Ecuador
¿Por que me fui?

Me fui intuyendo otro mundo, un mundo diferente a edificios y smog, un mundo de seres curiosos y abnegados, ciegos y utópicos. Me fui creyendo que mi cajita no era la única y aun sospechando que ella verdaderamente no existía. Me fui buscando el amor, el amor a la tierra y a los seres humanos. Me fui buscando la paz de quienes viven y alejándome de la indiferencia de quienes simplemente sobreviven. Me fui porque soy curiosa y porque no quiero perderme de nada, aunque sabia que aun así perdía mucho.

Me preguntan de nuevo ¿por qué te fuiste?. Respondo: -“no me pregunten por qué, solo siento que es lo que quiero hacer: éste es mi destino, es parte de mi misión en la vida”.

¿Por que volví?

Volví cuando mi andar empezó a errar, cuando mis pasos se descargaron de sentido, cuando las emociones intensas me desbordaron y simplemente un impulso me indicó que era hora de volver. Volví para serme sincera, sabiendo que la vuelta era parte del aprendizaje. Volví ademas con la seguridad que siempre podría volver a salir, que no era el final sino el comienzo de una nueva forma de vivir la vida. Mi vuelta sería permanente si aquello que me estaba esperando en Buenos Aires era mas importante que volver a viajar. Entonces, si así era, no tenia nada que temer. Volver no era el final de la historia, sino solo el principio.

Volví con la felicidad del reencuentro con la tierra que me ha visto nacer y con los seres queridos. Nunca había sentido tan sinceramente lo que los necesitaba hasta ese momento. Volví con la extraña sensación de que algo me estaba esperando y no me equivocaba; mi próximo viaje es parte de un proyecto compartido con quien actualmente me acompaña y a quien le agradezco por ser parte de mi vida con todo el corazón.

¿Por que me vuelvo a ir?

Porque una vez mas le hago caso a mi voluntad, porque el que alguna vez fue mi lugar ya no lo es, porque no me canso de viajar, porque sé que sigue habiendo mucho mas para ver y aprender, porque aun no es tiempo de plantar bandera, porque con sólo cerrar los ojos, visualizo miles de caminos que se bifurcan, se cruzan y se vuelven a conectar en un mapa etéreo, sin sentido y lleno de promesas de felicidad.

No tengo idea de qué me depara el futuro y eso me inyecta de adrenalina para seguir saltando al vacío de lo desconocido una y otra vez. Los hindúes dicen que el tiempo es simplemente una medida de distancia “lo que la tierra tarda en girar sobre si misma” o “lo que tarda en dar la vuelta al sol” sólo por eso el tiempo existe como tal. Pero en realidad dicen, vivimos en un continuo de tiempo presente, ese presente que es la vida toda. Por eso me voy, porque solo el hoy importa, porque el pasado y el futuro que describía anteriormente son también parte de este presente del que disfruto. Porque aprovecho cada una de las oportunidades que esta vida me brinda para ser feliz.

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Descansando en las playas de Isla Barú, Colombia

Y a vos, que estás leyendo del otro lado, te diría: no dejes de estar atento, el viaje es una metáfora. Como muchos dicen, “el viaje es la vida”. No importa que sea lo que nos prende el fuego. Lo que realmente importa es enfrentarse a ello y vivirlo; vivirlo con cada uno de nuestros sentidos, vivirlo con la intensidad de quienes luchan por sus sueños. Por último déjenme decirles que si de algo somos responsables es de apostar todos los días por nuestra felicidad. No hay nada que podamos perder si nos encomendamos a ello.

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