¡Feliz devenir!

Mi año se arma de a retazos, me he rendido en el intento de recomponer éstos meses como una historia secuencial y metódica: todo ocurre aquí y ahora. Y no es sólo hoy que cuestiono mis decisiones, aunque no importa exactamente el cómo ni el porqué, todavía hay muchísimos motivos para seguir en viaje, aun cuando la Navidad se siente tan distinta estando lejos de la familia.

¿Y será que el amor a la vida es también temor a la muerte?. Amo la vida sabiéndola inestable, cíclica y peligrosa por libre e impura, porque ella se sabe infinita y poderosa, porque aun hay seres que no han logrado sentirse del todo muertos, del todo grises y que están a punto de romper las cadenas en un acto revolucionario de amor a la vida. ¿Quiénes somos nosotros para apagarla, para confinar a la vida a una muerte sin aventuras, para robarle las horas y regalarlas por un pedazo de papel?

El sol pinta las montañas de rosa hoy, y ayer lupines y hace un rato lavandas y hace un tiempo marchitarse, invierno y frío. Y hoy mis oídos perciben los más lejanos sonidos, mi olfato reconoce nuevos olores, mis papilas se abren a nuevos sabores. Hoy no hay objetos creados por el hombre: ni siquiera el papel y el lápiz con los que escribo: nada de ésto existe, ni nadie… somos sólo yo y el mundo y el sonido del agua y los pájaros y mis sentidos, yo desprovista de personalidad, de ideas, de planes, de frustraciones y sueños. Yo, la empírica, libre de pre-formatos, con mi alma y mi cuerpo primitivos. Así sólo puedo volver hacia los demás, más solida, más llena de amor… cuando el mundo se calla por un rato y me deja conmigo misma.

Somos la especie más débil. No podemos adaptarnos a nuestro verdadero hábitat; a escuchar al mar, a la naturaleza. Nos hicieron involucionar para adaptarnos a inmensas estructuras de cemento y usar traje y corbata con 40 grados centígrados, para sentir el dolor y tomarnos automáticamente un sin número de píldoras, para usar a la naturaleza hasta lastimarla y no para servirla. Nos mataron la esencia a cambio de un número incontable de objetos, de promesas de felicidad que nunca llegarán porque nunca nos dijeron que deberíamos mirar adentro en vez de intentar encontrarla afuera.

Enfrente un calendario que me dice que “algo se termina” o “algo empieza” o “quien sabe que cosa”; y prendí fuego las listas de “promesas del nuevo año”… las cambio por sorpresas, por decisiones que se toman con el fluir de los días. No es el viaje en sí mismo lo que me mantiene viva, es seguir buscando, aquí o allá, en cualquier lado, es saberme en movimiento, saberme ignorante, saberme pequeña, son los desafíos, no es la llegada de un nuevo año lo que me mantiene reflexiva; es mi propio devenir que me recuerda que estamos aquí para algo mucho más sencillo de lo que creemos: intentar que vivir valga la pena.

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